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Vestirse por capas, y otras cosas que nadie te explica
El cambio de Javier no es de actitud sino de equipo, y eso resume bastante bien cómo se sobrevive al invierno canadiense. La regla básica es vestirse por capas: una interior que aparte el sudor de la piel —lana fina o sintética, nunca algodón, que se moja y enfría—, una intermedia que aísle, y una exterior que corte el viento. El abrigo importa menos por el grosor que por si tapa la cintura y lleva capucha. Y el calzado es lo que de verdad separa a quien lo pasa mal de quien no: unas botas impermeables con suela de goma y forro cambian el invierno entero, y la mayoría de la gente las deja en la entrada y se cambia a zapatos normales al llegar al trabajo. Descalzarse al entrar en una casa, por cierto, es obligatorio en la práctica; nadie te lo pedirá, pero todo el mundo lo hace y entrar con las botas puestas se nota. Hay dos conceptos que conviene aprender pronto. El primero es el windchill, la sensación térmica por viento, que es el número que de verdad importa: menos diez con viento fuerte es mucho peor que menos veinte en calma, y los partes meteorológicos lo dan siempre. El segundo es el black ice, la placa de hielo transparente que se forma sobre el asfalto mojado y no se ve; es la causa de la mayoría de las caídas y de los accidentes de tráfico del invierno. La otra sorpresa es cultural: la vida no se encoge en invierno. Hay festivales al aire libre en febrero, pistas de patinaje en el centro de las ciudades, y a la gente le parece perfectamente razonable quedar para dar un paseo a cinco bajo cero. Quejarse del frío está permitido y es casi un deporte nacional, pero quedarse en casa por él no lo está.