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Un país de recién llegados
La pregunta que le hace Priya a Javier —¿cuánto tiempo llevas aquí?— se oye en Canadá constantemente, y conviene entender por qué no es una forma educada de preguntarte qué haces en su país. Alrededor de una cuarta parte de la población canadiense nació fuera, y en Toronto la proporción pasa de la mitad; en un vagón de metro cualquiera se oyen con normalidad seis o siete idiomas. En ese contexto, preguntar cuánto llevas es más o menos lo que en España sería preguntar de qué barrio eres: una forma de situarte, no de señalarte. La respuesta habitual, además, suele venir seguida de la historia de quien pregunta, porque casi todo el mundo tiene una. La diferencia con muchos países europeos está en el relato oficial. Canadá se describe a sí mismo como un mosaico cultural y no como un crisol: la idea declarada no es que quien llega se disuelva en algo previo, sino que conserve lo suyo y lo sume. Eso se nota en cosas prácticas — servicios municipales en decenas de idiomas, barrios enteros con su propia vida, festivales que el ayuntamiento subvenciona — y también en cosas menos visibles, como que a nadie le extrañe que hables con acento después de veinte años. Hay dos matices que ahorran torpezas. El primero es que «de dónde eres» se pregunta una vez y se acepta la respuesta: insistir con «ya, pero de dónde eres originalmente» a alguien nacido en Toronto es el tipo de pregunta que molesta, y con razón. El segundo es que Quebec funciona con su propio marco: allí la política de integración es distinta y el francés no es un idioma más sino el eje de la vida pública. Lo que vale en Ontario no siempre vale en Montreal.