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Cuatro estaciones de verdad
Si vienes de casi cualquier punto de España o de buena parte de Latinoamérica, el invierno canadiense no se parece a nada que hayas medido antes. En Toronto la temperatura baja de forma habitual a quince bajo cero, y con el viento del lago la sensación térmica puede acercarse a los veinticinco negativos; en Winnipeg o en Edmonton eso sería una tarde suave. Lo que sorprende no es el frío en sí, sino que la vida no se detenga: la gente va a trabajar, los niños salen al patio del colegio y las terrazas cierran pero los restaurantes no. La adaptación es cuestión de ropa y de método, no de aguante. Se viste por capas, la prenda que importa es la de fuera, y el calzado con suela de goma no es coquetería sino seguridad: la placa de hielo negro sobre la acera es invisible y manda a urgencias a mucha gente cada enero. Conviene saber también que las ciudades están preparadas por dentro. Toronto tiene el PATH, treinta kilómetros de galerías comerciales bajo el centro por los que se puede cruzar media ciudad sin salir a la calle, y Montreal tiene su equivalente subterráneo. En invierno esos pasillos se llenan a la hora de comer. El verano, en cambio, desconcierta en sentido contrario: pasa de cero a treinta y cinco grados con una humedad pesada, y julio en Ontario se parece más a Sevilla de lo que nadie espera. Por eso los canadienses hablan tanto del tiempo, y no por falta de conversación: en un país donde hay ochenta grados de diferencia entre enero y julio, el tiempo es información práctica y un terreno común que no ofende a nadie. Si alguien abre con cold enough for you?, no está siendo original — está siendo amable.