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Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido: el caos de las unidades
Si hay un terreno donde el mundo anglosajón no se pone de acuerdo ni consigo mismo, son las unidades. Estados Unidos es el caso extremo: millas, galones, libras, pies y grados Fahrenheit para todo, sin excepciones prácticas salvo en ciencia y medicina. Que treinta grados sea una temperatura agradable y no un día de playa desconcierta a cualquiera que llegue del sur de Europa; la referencia útil es que 0 °F es muy frío, 50 °F es fresco, 70 °F es agradable y 90 °F es un día de verano duro. Canadá es oficialmente métrico desde los años setenta y en la práctica vive en dos sistemas a la vez. Las carreteras están en kilómetros y el tiempo en grados Celsius —eso es firme—, pero la altura de una persona se dice en pies y pulgadas, el peso en libras, la harina de una receta en tazas, y la madera de una obra en pies. Un canadiense te dirá sin pestañear que mide cinco foot ten y que fuera hace menos quince. El Reino Unido está aún más mezclado: distancias en millas y velocidad en millas por hora, cerveza en pintas y leche a veces también, pero la compra en gramos y kilos, y el tiempo en Celsius salvo cuando hace calor, momento en que los periódicos recuperan los Fahrenheit porque los números suenan más dramáticos. El peso corporal se da en stones, una unidad de catorce libras que no existe en ningún otro sitio. Australia, Nueva Zelanda e Irlanda son cómodamente métricas y no dan problemas. Dos consejos prácticos: lleva el conversor en el móvil el primer mes y no lo disimules, porque preguntar cuánto es eso en grados de verdad es una conversación simpática y no un fallo; y ten cuidado con las recetas, porque una taza americana y una británica no miden lo mismo.