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El primer día y la charla de ascensor
En una oficina canadiense el primer día casi nunca empieza por el trabajo: empieza por la charla. Alguien te enseñará dónde está el café antes que dónde están los archivos, y te hará preguntas que en España sonarían a entrevista y aquí son simple cortesía: ¿de dónde eres?, ¿cuánto llevas en Toronto?, ¿qué tal el fin de semana? A esto se le llama small talk y no es un trámite vacío ni una forma de sonsacarte nada. Es el modo normal de abrir una conversación, y no participar se interpreta como frialdad, no como discreción. Hay un límite bastante claro, eso sí. Se pregunta por lo que has hecho y por lo que te gusta; no se pregunta por el sueldo, ni por la edad, ni por si tienes pareja o hijos, ni por la religión, y a nadie se le ocurre comentar el aspecto físico de un compañero. Son temas que en muchos países hispanohablantes circulan con naturalidad entre compañeros de trabajo y que aquí se consideran privados, o directamente inapropiados en el trabajo. Dos costumbres más que sorprenden. La primera es que el tuteo es universal: se llama a todo el mundo por su nombre de pila, incluida la jefa, y no existe un «usted» con el que marcar distancia — la cortesía se transmite con el tono y con fórmulas como would you mind o I was wondering if, no con el pronombre. La segunda es la puntualidad de las reuniones: si algo empieza a las diez, empieza a las diez, y llegar cinco minutos tarde pide una disculpa breve. En cambio, la hora de salida es sagrada en la otra dirección — quedarse hasta tarde por sistema no se lee como entrega, sino como mala organización.